El tio Robinson
El tio Robinson La situación era terrible. ¡Una ráfaga habÃa bastado para comprometer el futuro de la desafortunada familia! Sin fuego ¿qué serÃa de la pequeña colonia? ¿Cómo preparar los alimentos necesarios para su existencia? ¿Cómo resistir a los frÃos rigurosos del invierno? ¿Cómo protegerse incluso de los animales salvajes durante la noche? En todo eso pensaba el pobre Flip y, pese a su fuerza moral, se sentÃa aniquilado. Se habÃa quedado allÃ, inmóvil, mudo, con su ropa cubierta de barro y empapada por la lluvia. Su mirada vaga se perdÃa en las sombras.
En cuanto al pobre Marc, su desesperación era indescriptible. Lloraba.
—¡Perdónenme! ¡Perdónenme! —murmuraba.
Flip le habÃa tomado las manos y las apretaba entre las suyas, pero no encontraba una sola palabra para consolarlo.
—¡Mi madre! ¡Mi pobre madre! —repetÃa.
—No la despertemos, mi querido señor —le dijo el marino—. ¡Duerme! Los niños también duermen. ¡No los despertemos! Mañana trataremos de reparar la desgracia.
—¡Es irreparable! —murmuró, con el pecho oprimido, reteniendo los sollozos.
—¡No… —respondió Flip—, no… Ya veremos!