El tio Robinson

El tio Robinson

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¡El honesto marino no podía encontrar las palabras para expresar algo en lo que no creía!

Quiso convencer a Marc de que entrara en la gruta porque la lluvia caía a mares, pero el desdichado joven se resistía.

—¡Es mi culpa! ¡Es mi culpa! —repetía.

—¡No! —exclamaba Flip— ¡no, mi querido señor! No es para nada su culpa. ¡Si yo hubiera estado allí me habría sucedido la misma desgracia! ¡Nadie habría podido resistir esa tromba! ¡A usted lo volteó! ¡Y yo habría corrido igual suerte y, como usted, no habría podido salvar ni una chispa de ese fuego! ¡No se deje derrotar así, señor Marc! ¡Entremos! ¡Entremos!

Marc tuvo que ceder a las insistentes súplicas de Flip y fue a acostarse en su lecho de musgo. Flip lo siguió, pero el digno marino, destruido, desesperado en el fondo de su corazón, no pudo conciliar el sueño un solo instante y durante toda la noche escuchó al pobre muchacho sollozar a su lado.



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