El tio Robinson
El tio Robinson Hacia las cinco apareció el primer resplandor matinal; una leve claridad se deslizó en la gruta. Flip se levantó y salió. La tromba había dejado afuera las marcas de su paso. La arena, amontonada por el viento, formaba verdaderas dunas por doquier. Algunos árboles se habían caído más lejos, algunos de cuajo, otros quebrados en la base. Carbones esparcidos tapizaban el suelo. Flip no pudo dominar un gesto de cólera y de desesperación.
En ese momento la señora Clifton salía de la gruta y sorprendió el gesto del marino. Se acercó a él y advirtió su rostro deshecho. Flip quiso disimular en vano.
—¿Qué pasa, querido amigo? —preguntó.
—¡Nada, señora, nada!
—Hable, Flip. Quiero saber todo.
—Pero, señora Clifton… —titubeó Flip.
—Amigo Flip —insistió la señora Clifton con un tono dolorido—, ¿qué desgracia más grande podría golpearnos después de todo lo que hemos pasado hasta ahora?
—¡Una sola, señora, una sola! —respondió el marino bajando la voz.
—¿Cuál?
—¡Mire!
Y diciendo esto condujo a la señora Clifton ante el hogar destruido.