El tio Robinson

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Por esa época, el marino resolvió intentar una excursión hacia el norte de la costa. Si por azar esa tierra estuviera habitada, habría que estar seguro de ello, y sin demora. Pero Flip quiso hacer solo este reconocimiento. Los muchachos, debilitados por la alimentación insuficiente, no habrían podido seguirlo, pues su intención era extender su exploración, si fuera necesario, a una gran distancia. Podía ser, incluso, que no regresara en el mismo día. En ese caso, era mejor que los hijos se quedaran cerca de su madre durante la noche.

Flip dio a conocer su resolución a la señora Clifton y ésta estuvo de acuerdo. Si el plan de Flip podía significar una posibilidad de salvación, por más pequeña que fuera, no había que desperdiciarla.

El martes 29 de abril, hacia mediodía, Flip, después de decir adiós a la familia, se puso en camino. Llevaba como única provisión unos piñones. Pensaba seguir la costa y, por lo tanto, alimentarse de mariscos, mejillones u otros. El tiempo estaba bastante bueno. La brisa venía del interior y apenas provocaba ligeras ondulaciones en la superficie del mar. Marc acompañó a Flip durante un cuarto de milla y se aprestaba a dejarlo.

—Cuide bien a los niños, Marc —le dijo el marino—, y si no he regresado antes de la noche, no tenga ningún temor.

—Sí, Flip. Adiós, Flip —dijo el muchacho.


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