El tio Robinson
El tio Robinson En los días siguientes, 27, 28 y 29 de abril, Flip y los muchachos trabajaron con ímpetu en renovar las reservas de coco y de sargazo. Dos veces fue el marino con su bote hasta el banco de ostras, bordeando la costa. Trajo varios miles de esos moluscos y tuvo la idea de colocarlos en una suerte de parque natural que formaban las rocas sumergidas al pie del acantilado. Esas ostras estaban así depositadas a pocos metros de la gruta. Tanto ellas como los mejillones se podían comer crudos y eran el fondo de la alimentación cotidiana. Pero aunque los estómagos toleraban mal esa carne magra, esos bravos niños nunca se quejaban para no afligir a su madre.
La señora Clifton no podía sin embargo confundirse acerca de las causas de este deterioro, tan visibles en las naturalezas jóvenes. Flip tampoco, pero el pobre hombre no sabía qué más inventar. Estaba en el límite de sus recursos. Todo lo que era humanamente posible de hacer, lo hacía; pero las fuerzas se agotan. La familia ya sólo podía contar con un auxilio providencial. ¿Intervendría la Providencia? —Y no obstante— se decía Flip—, nos hemos ayudado bastante hasta ahora como para que el cielo no nos dé un poco de ayuda.