El tio Robinson

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—Sí —dijo por fin el marino, que había vuelto a ser dueño de sí mismo—, sí, señora Clifton, usted tiene razón y sería indigno de mí perder coraje cuando usted, una mujer, muestra semejante fuerza de espíritu. ¡Sí! Lucharé, venceré la suerte adversa. Sus hijos son los míos, trabajaré, combatiré por ellos como lo haría su valeroso padre. ¡Hay que perdonarme este momento de renuncia! Fue más fuerte que yo. ¡Ahora se terminó! ¡Se terminó!

Flip estrechó la mano de la señora Clifton y sin decir una palabra más entró en la gruta, luego de haber levantado su cuchillo roto, y se ocupó fríamente de abrir las ostras con el resto de hoja que todavía podía servir para esa tarea.

Los desafortunados comieron; tenían hambre. Los moluscos calmaron poco a poco su apetito. Unas médulas de sargazo y piñones completaron la comida. Pero todos estaban en silencio y se sentía que la desesperanza invadía no solamente a los más pequeños sino también a la madre y al honesto marino, a quienes las vicisitudes humanas ya habían puesto a prueba.




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