El tio Robinson
El tio Robinson Pero de pronto las hierbas se entreabrieron sobre el limite de un charco de agua estancada. Un animal apareció enfrente de Flip. Era un perro flaco, descarnado, lleno de barro, que apenas se arrastraba.
Flip fue hacia él. El perro parecía esperarlo. Era un animal de gran tamaño, con las orejas caídas y la cola espesa de pelo sedoso cubierta de un lodo líquido. Su cabeza era ancha y redondeada. Pertenecía a esa raza inteligente de los spaniel. ¡Pero en qué estado se encontraba, las patas ensangrentadas, el hocico cubierto de una baba de lodo! Pero al ver sus ojos bondadosos y mansos, su mirada afectuosa, Flip comprendió que no había nada que temer de ese animal.
El perro se le acercó arrastrándose. Flip le tendió la mano y el perro se la lamió y después, agarrando el pantalón del marino entre sus dientes, trató de llevarlo del lado de la ribera.
De pronto, Flip se detuvo, se arrodilló sobre la arena; acercó su cabeza al perro; lo observó con insistencia, tratando de saber más de él bajo el barro que lo cubría; y dejó escapar un grito:
—¡Él, él! ¡No, no es posible!
Luego miró, miró una vez más; limpió la cabeza del animal…
—¡Fido! —gritó, por fin.