El tio Robinson
El tio Robinson —Me habré equivocado —dijo Flip, y siguió su camino hacia el Sur, después de haber descendido la duna hasta la ribera.
Pero el marino caminaba desde hacÃa cinco minutos apenas, cuando el singular ladrido se dejó escuchar de nuevo, a una distancia bastante cercana.
Flip se detuvo. Esta vez no podÃa ignorarlo. Era en efecto un ladrido, pero un ladrido sofocado, el ladrido de un perro agotado por la fatiga y el hambre.
—¡Un perro aquÃ! ¡En esta costa! —murmuró Flip.
Escuchó. Dos o tres ladridos quejosos hirieron una vez más sus oÃdos.
—¡SÃ, un perro! —dijo Flip regresando sobre sus pasos—. ¡Pero no era un perro salvaje! ¡El perro salvaje no ladra! ¿Qué quiere decir todo esto?
Una inexplicable emoción hizo palpitar su corazón. ¿Por qué un perro en este lugar? ¿HabÃa por lo tanto una vivienda en esta tierra, algún campamento de indÃgenas o de náufragos? HabÃa que saberlo a cualquier precio.
Flip siguió la pequeña cadena de dunas. Los ladridos se hacÃan oÃr de manera más distintiva. Flip, extrañamente emocionado, corrÃa a través de los juncos, trepando y bajando los montÃculos de arena. Ese perro no podÃa estar lejos y él no lo veÃa.