El tio Robinson

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Flip se había sentado sobre la arena, entre dos matas de juncos cortantes, cuyas raíces servían para fijar esas dunas movedizas. Se quedó así durante una media hora, con la cabeza apoyada en sus manos, sin siquiera observar ese mar que ondulaba frente a él. Luego se levantó para retomar la ruta del campamento.

En ese momento, un extraño grito se dejó escuchar y atrajo la atención del marino. No podía ser un cloqueo de pato salvaje. Ese grito más bien se parecía a un ladrido.

Flip subió hasta la cima de una duna y paseó su mirada por la marisma. No vio nada, sólo observó que las bandadas de pájaros se volaban precipitadamente de las altas hierbas.

—¡Allí hay algún animal —se dijo—, algún reptil que espanta a todos esas aves!

Miró atentamente, pero los pastos no se movían. El grito no se había repetido. La marisma, abandonada por los pájaros, no parecía ocultar un ser vivo. El marino prestó atención unos minutos; observaba a la vez la llanura, el río y la línea de las dunas. Esas dunas, en efecto, podían esconder algún visitante peligroso. Flip tomó firmemente su bastón y se mantuvo listo a cualquier ataque, pero los juncos permanecieron inmóviles.


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