El tio Robinson
El tio Robinson Por fin, a eso de las tres y media Flip llegó al límite occidental de la marisma. Un camino fácil se le presentó entre las dunas y el mar. Era una arena fina, sembrada de conchillas, firme para caminar. Flip caminó mucho más rápido comiéndose poco a poco sus piñones y apagando la sed en los arroyos que vertían en el río el agua sobrante de la marisma. No había rocas en esta parte de la costa y, en consecuencia, faltaban los mejillones u otros moluscos comestibles con los que el apetito de Flip se habría saciado. Pero el marino tenía al mismo tiempo el espíritu y el estómago de un filósofo y sabía muy bien privarse de lo que no podía tener.
Continuó así su exploración hacia el Norte. ¿Qué esperaba encontrar en esas playas desiertas? ¿Alguna choza de indígenas, los restos de un barco, algún escombro que sabría aprovechar? No. A decir verdad, el valiente marino, desanimado a pesar suyo, caminaba maquinalmente, sin objetivo, sin una idea formada y, se podría agregar, sin esperanza.
Así fue durante varias millas. La comarca no se modificaba. De un lado el mar, del otro la llanura pantanosa. Ningún síntoma, ningún indicio de un cambio próximo en la naturaleza del suelo. Por consiguiente, ¿de qué le servía a Flip proseguir su reconocimiento? ¿Para qué fatigarse inútilmente en una exploración vana? ¿Lo que aún no había encontrado, acaso podría descubrirlo más tarde?