El tio Robinson
El tio Robinson Ese suelo estaba formado de un limo arcillo-silíceo mezclado con numerosos restos vegetales. Ajomates[37], juncos, cañaveras, castañuelas[38], y aquí y allá unas capas de herbazales lo cubrían. Numerosas charcas brillaban bajo los rayos del sol. Ni las lluvias, demasiado poco abundantes, ni ningún río cuyas aguas hubieran aumentado por una creciente súbita, habrían podido formar esas reservas de agua. Había naturalmente que concluir que esa marisma estaba alimentada por infiltraciones del suelo. Y en efecto, así era.
Por debajo de las plantas acuáticas, en la superficie de esas aguas estancadas, revoloteaba un mundo de aves. Un cazador de marisma, un cazador de choza no habría podido errar ni un solo tiro de escopeta. Patos salvajes, navancos[39], cercetas[40], becardones[41] vivían allí en bandas, y esos volátiles, nada miedosos, dejaban que se les acercaran. Flip habría podido matarlos a pedradas.
¿Pero para qué? Estos atractivos especímenes de la fauna acuática no hicieron más que acrecentar las lamentaciones del marino. Apartó su mirada y apresuró su marcha a través de los estrechos senderos que debían conducirlo al mar. Su bastón le servía para sondear los herbazales que recubrían los charcos de agua y para evitar alguna desagradable inmersión en una ciénaga. Pero si bien sorteaba diestramente esos malos pasos, no avanzaba rápido.