El tio Robinson
El tio Robinson —¡SÃ! —pensaba Flip—, ¡podrÃamos vivir felices en esta costa! ¡Una pequeña colonia como la nuestra tendrÃa que prosperar! ¡Algunas herramientas, un poco de fuego, y yo responderÃa por el futuro!
Flip, con sus pensamientos, caminaba a buen paso; observaba atentamente la región, pero sin abandonar la orilla del acantilado. Después de una hora de marcha llegó al lugar en el que se interrumpÃa bruscamente. El acantilado formaba en ese sitio un cabo que terminaba la bahÃa al norte. Desde ese punto la costa volvÃa un poco hacia el este y se prolongaba en un promontorio muy agudo.
Abajo del acantilado, a doscientos pies aproximadamente bajo la mirada de Flip, el suelo parecÃa ser pantanoso. Se habrÃa dicho una enorme marisma, con vastas placas de agua estancada, una legua de ancho y de largo. SeguÃa los caprichosos contornos de la costa, indicada por una larga lÃnea de dunas que corrÃa de sur a norte a cuatrocientos o quinientos pies del mar.
En lugar de rodear la marisma y de internarse demasiado, resolvió seguir esta orilla arenosa. Una parte derrumbada del acantilado le permitió llegar sin dificultades hasta el suelo inferior.