El tio Robinson

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El agua estaba fresca. El baño le causó placer. En pocas brazadas hubo alcanzado la margen derecha; hizo pie sobre una estrecha banda de arena, dejó que la brisa lo secara un poco, luego volvió a vestirse y, por la fisura, consiguió llegar a la cima del acantilado, que en ese lugar medía alrededor de trescientos pies de altura.

La primera mirada de Flip se dirigió hacia el mar. Totalmente desierto. La costa se prolongaba hacia el noroeste describiendo una curva bastante parecida a la que se dibujaba abajo en el río. Formaba de este modo una especie de bahía de un perímetro de dos a tres leguas. El río se entraba por lo tanto al mar en el fondo de esa bahía. Era en realidad una especie de rada foránea[36], una ensenada bastante profunda. En cuanto al acantilado, seguía una dirección horizontal durante dos o tres millas; luego el suelo parecía concluir súbitamente. Lo que había más allá era imposible saberlo.

En el límite oriental de la meseta, es decir, opuesto al mar, aparecían enormes masas de vegetación. Eran bosques escalonados sobre las primeras ramificaciones del pico central; arriba corría la cresta de poderosos contrafuertes que convergían hacia la montaña. Toda la región era magnífica, cubierta de bosques y de praderas, contrastaba por su fertilidad con la región del sur, árida, agreste y desolada.


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