El tio Robinson
El tio Robinson Flip se preparó en consecuencia a atravesar el río en ese lugar y comenzó a sacarse la ropa que pensaba acomodar sobre la cabeza. Se sacó la marinera y, al plegarla, sintió en el bolsillo del costado un paquetito. Lo que encerraba ese paquete —envuelto en una hoja grande de plátano atada convenientemente con una fibra de coco— él no habría podido decirlo. Muy sorprendido, desató la cuerda, desenrolló la hoja, y encontró ¡un pedazo de galleta y un poco de carne que primero estuvo muy tentado de llevarse a la boca!
Pero se contuvo. La señora Clifton, al observar que partía sin una provisión suficiente, había apartado de su reserva ese pedazo de galleta y ese trozo de carne, ¡los últimos, tal vez!
—¡La buena, maravillosa criatura! —exclamó—. ¡Pero si se figura que voy a comerme esta galleta y esta carne, cuando ellos se privan de ella!
Dicho esto, Flip rehízo el pequeño paquete y lo volvió a poner en su bolsillo, decidido firmemente a regresarlo intacto. Después se desvistió; dispuso su ropa sobre la cabeza y entró en el río.