El tio Robinson
El tio Robinson Flip y Fido, éste guiando a aquél, fueron a través de las dunas y descendieron hasta la ribera. Durante una hora siguieron de ese modo. Fido parecía animado, se lanzaba hacia delante y volvía a Flip. El marino estaba en un estado de sobreexcitación extraordinaria. Algo esperaba, pero no se atrevía a decir sobre qué depositaba sus esperanzas. No osaba formularse los vagos pensamientos que atravesaban su mente. Era arrastrado fatalmente hacia lo desconocido. ¡Olvidó su cansancio y el largo camino que ya había recorrido, y ese camino de regreso que pronto iba a tener que emprender!
Hacia las cinco de la tarde, el sol estaba ya muy cerca del horizonte, cuando Fido se detuvo al pie de una duna bastante elevada; luego, miró a Flip una última vez y, emitiendo un ladrido extraño, se lanzó hacia un estrecho corredor que las arenas dejaban entre sí.
Flip lo siguió; rodeó un tupido bosquecillo de juncos y al ver a un hombre tendido en el suelo, gritó.
Flip se precipitó hacia él y reconoció al ingeniero Clifton.