El tio Robinson
El tio Robinson Entretanto, había caído la noche. La costa y el océano se confundían en la profunda oscuridad. La luna, en su cuarto menguante, no se elevaría antes de medianoche. Flip no podía contar, por lo tanto, más que con su instinto y su habilidad para encontrar su ruta y prevenir cualquier paso en falso. Como no podía cortar en línea recta, corriendo el riesgo de perderse en plena marisma, tuvo que seguir el borde de la ribera hasta el comienzo del acantilado. Pero cuando llegó a ese punto comenzaron las dificultades. Había que encontrar los estrechos senderos que circulaban entre las charcas. Flip se perdió varias veces; se rió incluso de la cantidad de pasos en falso que había dado. Sólo le preocupaba el retraso que sufriría su marcha. A cada instante las aves acuáticas, despertadas súbitamente, salían volando de los pastizales.
—¡Bah! —se repetía— este suelo es como una espumadera. Pero los agujeros no son más que agujeros y ya me las he visto con otros en mi vida. Ya me he metido en terrenos peores que éste, y no es una marisma lo que me impedirá pasar.