El tio Robinson
El tio Robinson Flip tomó las últimas disposiciones, después de haber «tendido» la cama de hierbas en la que reposaba el herido; una vez más le apretó la mano y, dirigiéndose al fiel perro:
—En cuanto a ti, vigila bien, mi muchacho, vela por tu amo, ¡y no le comas su pitanza!
Fido sin duda comprendió, pues lanzó un ladrido tan parecido a un «Sí», que Flip se quedó tranquilo. Después, ese noble ser se alejó a grandes pasos.
¡Con qué entusiasmo, con qué fervor tomó Flip el camino hacia el campamento! ¡Qué alegre se sentía! ¡Cómo se habían disipado las penurias del día! ¡No! ¡No volvía con las manos vacías a la gruta! ¡Ya no pensaba en su cuchillo roto, en su fuego apagado! Un ingeniero como Harry Clifton ¿no los sacaría de apuros? ¿No era capaz de hacer todo con nada? Mil proyectos hacían eclosión en la cabeza de Flip en ese momento, ¡y no tenía dudas de que los realizaría!