El tio Robinson

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—Voy a hacer lo siguiente —retomó Flip—: lo más urgente es transportarlo a la gruta donde no le faltaran los cuidados. Voy a dejarlo aquí durante unas horas. Le dejo cerca, en esta concha, un poco de galleta mojada y unos pedacitos de carne por si siente ganas de comer. Fido no los tocará; me lo ha prometido. En otra concha queda un poco de agua dulce, para que pueda mojar los labios. Muy bien. ¡Me está escuchando! Bueno. Ahora me voy. Son las ocho. En dos horas cuanto más habré llegado a la gruta pues tengo buenas piernas. Cuando llegue, tomaré el bote, usted sabe cuál, el del Vankouver, que esos buenos bribones pusieron a nuestra disposición. El viento es bueno; sopla del sudoeste; por lo tanto, no pondré más de seis cuartos de hora en regresar aquí. O sea, durante tres horas y media, señor ingeniero, o pongamos cuatro horas: le ruego que me espere. A medianoche estaré de vuelta. Esperaremos juntos la marea descendente de la mañana, que favorecerá nuestro regreso, y a las ocho de la mañana estará usted acostado en una buena cama de musgo, en una vivienda muy cálida, muy confortable, y en medio de su querida familia. ¿Le conviene el arreglo?

—Sí, Flip —murmuró Harry Clifton.

—Dicho y hecho —replicó el marino—; parto, señor Clifton; ¡espéreme con confianza y verá que seré puntual a la cita!


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