El tio Robinson
El tio Robinson ¡Por fin! ¡Por fin estaban todos juntos! Se olvidaron de todo, de su desamparo, de la miseria presente, del futuro amenazante que los esperaba, de las terribles pruebas a las que los había expuesto, golpe tras golpe, la suerte. Se olvidaban de ellos mismos en ese abrazo común que los reunía sobre el corazón de Harry Clifton. ¡Cuántas lágrimas de alegría se derramaron! La señora Clifton volvió en sí, se arrodilló junto al bote y agradeció a Dios.
Ese día, en el almanaque de Belle, era el domingo lº de mayo, un día de acción de gracias y la familia entera iba a pasarlo en la cabecera del enfermo. Harry Clifton sintió que revivía un poco. Los cuidados que Flip le había prodigado, ese bocado que ya había podido comer, la esperanza, la felicidad, todo contribuía a devolverle sus fuerzas perdidas. Estaba muy débil todavía, pero vivo, muy vivo, como Flip le había dicho al joven Marc.
Harry Clifton no habría podido ir caminando desde el bote hasta la gruta. Flip y sus dos hijos mayores lo habían transportado en una camilla de ramas. De cada lado, Belle y Jack le tenían las manos. La señora Clifton había preparado en el mejor rincón de la gruta una excelente cama de hierbas y de musgo sobre la que Harry Clifton fue depositado cuidadosamente. Casi enseguida, fatigado por la emoción y por el viaje, cayó en un sopor que Flip auguró promisorio.