El tio Robinson

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—Yo soy un buen médico —le dijo a la señora Clifton—, o al menos he curado a muchos enfermos. Sé de qué hablo. ¡Muy bueno ese sueño; muy bueno! En cuanto a la herida del señor ingeniero, es poca cosa. La curaremos cuando se despierte. Pero se lo repito, señora, esa herida es nimia. ¡Yo, quien le habla, quedé con la cabeza aplastada entre dos barcos en el muelle de Liverpool! ¿Acaso se nota algo? No. Y después de ese accidente nunca más tuve dolores de cabeza. Mire usted, señora Clifton, cuando uno no se muere en los tres días que siguen a una herida en la cabeza, hay que aceptar lo inevitable: ¡es seguro que se sanará!

El bondadoso Flip, cuya satisfacción se manifestaba por una locuacidad excepcional, se reía y sonreía en el medio de ese diluvio de palabras. Mientras Harry Clifton dormía, contó a la madre y a sus hijos todo lo que había pasado desde la víspera, su exploración de la costa norte, la travesía de la marisma, la aparición de Fido, a quien atribuía todo el mérito del asunto, pues Fido había reconocido a Flip, y Flip, ¡un imbécil, un aturdido!, no había logrado reconocer a Fido.

Es fácil imaginar los festejos y caricias que recibió el fiel perro. Marc, precisamente, había matado un pato la víspera, al visitar las orillas del lago, y el ave fue adjudicada sin discusión al inteligente terranova. Se la comió de un bocado, provocando esta reflexión de Jack:


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