El tio Robinson

El tio Robinson

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—¡Lindo perro! ¡Qué bueno que te guste la carne cruda!

En cuanto a la historia del señor Harry Clifton, su evasión del Vankouver, su llegada a esa costa, Flip ignoraba todo y, por lo tanto, nada podía decir.

—¡Y es una gran suerte —agregó— porque dejaremos que sea este valiente señor quien tenga el placer de contarnos él mismo sus aventuras!

Sin embargo, había que pensar en Harry Clifton. ¡Si cuando despertara se le pudiera ofrecer una taza de caldo caliente! Pero no había ni que soñarlo. Flip, a falta de ese caldo reconfortante, pensó preparar unas ostras bien frescas, verdaderos manjares de enferino, que un estómago debilitado podría soportar fácilmente. La señora Clifton se encargó de elegir en el parque los mejores de esos moluscos.

Durante ese tiempo, Flip fue hasta el bote a buscar los objetos traídos por Henry Clifton, preciosos objetos si los hay: un cuchillo de varias hojas y una sierra, que venía justo a reemplazar el cuchillo de Flip; un hacha que el hábil marino sabría apreciar en todo su valor y que, en su mano, sería una herramienta de primera utilidad. En cuanto a la pistola, desgraciadamente descargada, no tenía ni un solo grano de pólvora y no se podía hacer fuego con ella. De los tres objetos era el menos útil, aunque Robert se divirtió esgrimiéndola con aire pendenciero.


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