El tio Robinson
El tio Robinson Al dÃa siguiente, sábado 3 de mayo, el cielo apaciguado prometÃa un dÃa magnÃfico. El viento habÃa pasado al noreste y el cielo brillaba con esplendor. El tÃo no tenÃa ni por asomo un pretexto para no hacer el fuego. Además, Harry Clifton tenÃa prisa por salir y examinar los alrededores del campamento: querÃa recibir la caricia de esos rayos de sol y pedirles su curación completa. En consecuencia, solicitó al tÃo Robinson que le diera el brazo para apoyarse. El tÃo, no teniendo ninguna razón para rehusarse, se resignó; le ofreció su brazo y abandonó la gruta, como una vÃctima que marcha al suplicio.
En primer lugar, Harry Clifton suspiró de satisfacción. Aspiró ese aire puro, fresco y tonificante como una medicina. Hasta ese momento no habÃa tomado nada ¡tan caliente! Miró el mar en todo su fulgor; bajó hasta la playa; observó el islote, el estrecho canal, las sinuosidades de la costa y la bahÃa. Luego vio el acantilado en un primer plano, la cortina intensamente verde de árboles, la pradera lozana, el lago con reflejos azules, enmarcado en las orillas espesas de los bosques, y el alto pico que dominaba el conjunto. Le gustó esa naturaleza tan bella y pródiga, y le auguró más bondades a la encantadora comarca; en su mente de ingeniero surgieron veinte proyectos que querÃa ejecutar sin demora.