El tio Robinson

El tio Robinson

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—¡Usted! ¡Un ingeniero! —exclamó el tío Robinson—. ¿Y los planos, señor, quién haría los planos sino usted? Necesitamos una vivienda confortable, con ventanas, puertas, habitaciones, salón, chimeneas, ¡chimeneas sobre todo! ¡No olvidar las chimeneas! ¡Y qué alegría será, al regresar de una larga excursión, divisar un hilito azulado de humo subiendo hacia el cielo y decirse: allá hay un hermoso hogar que nos espera y buenos amigos que nos festejarán!

Así charlaba el inagotable marino para darle esperanza y valor a toda la familia. El día fue lluvioso hasta la noche. Fue imposible aventurarse afuera, y cada cual estuvo ocupado en la gruta. El tío Robinson, con la sierra del cuchillo de Harry Clifton, completó la serie de recipientes de bambú. Fabricó también platos playos que desplazarían con ventaja a las conchas que se utilizaban hasta ahora. Preparó asimismo su propio cuchillo o, al menos, redondeó el resto de la hoja, desgastándolo sobre una piedra, y pudo utilizarlo. Por su lado, los niños no permanecieron ociosos y prepararon almendras de coco y piñones; unas pintas de leche fermentada fueron guardadas en calabazas, donde la fermentación la convertiría en licor alcohólico. Por su parte, Robert limpió la pistola de su padre, muy oxidada por el agua de mar, con la que parecía contar mucho. La señora Clifton lavó la ropa de sus hijos.


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