El tio Robinson

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Harry Clifton se había sentado en una roca, sin agregar ni una sola palabra. La señora Clifton le contó todo lo que había pasado después del desembarco, el episodio del fósforo, cómo el fuego había sido transportado hasta la gruta, y en qué condiciones, a pesar de la más estricta vigilancia, se había apagado por el viento de una tormenta. La madre no mencionó a su hijo Marc, pero éste, avanzando hacia Harry Clifton:

—Fue en el momento en que yo estaba de guardia —dijo—, cuando sucedió la desgracia.

Clifton le tomó la mano, lo atrajo junto a él y lo apretó contra su pecho.

—¿Y no hay ni siquiera un pedacito de yesca? —preguntó—. ¡No, mi querido! —respondió la señora Clifton. El tío quiso intervenir:

—¡Pero no todo está perdido! —dijo—. ¡No es imposible que encontremos el medio de hacer fuego! ¿Sabe usted, señor Clifton, en qué confío?

—No, mi amigo.

—En la naturaleza, señor, en la naturaleza misma que un día nos devolverá lo que nos quitó.

—¿Y cómo?

—¡Por un rayo! Un rayo que caiga e incendie un árbol. ¡Así restableceremos nuestro hogar!


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