El tio Robinson
El tio Robinson Si era una isla, la familia Clifton, prisionera, quedaba a merced de un azar que pudiera llevar a algún navío hasta esos parajes. En ese caso, había que resignarse a una instalación definitiva. Por otro lado, a Harry Clifton, hombre enérgico y corajudo, no le asustaba un aislamiento semejante. Sólo quería saber a qué atenerse, y resolvió efectuar un reconocimiento exhaustivo cuando las circunstancias se lo permitieran.
Reflexionaba el ingeniero de este modo, mirando el lago, sorprendido de ver esas aguas que borbotaban a un centenar de metros de la orilla. ¿Cuál era la causa de ese fenómeno? ¿Era una expansión de fuerzas subterráneas, lo cual habría explicado el carácter volcánico de la costa? ¿Se trataba sólo de un reptil que tenía en el lago su morada habitual? Clifton no sabía qué pensar. El borboteo pronto cesó, pero el ingeniero resolvió observar en el futuro esas aguas un poco sospechosas.
El día avanzaba y el sol descendía ya sobre el horizonte, cuando el señor Clifton creyó ver, cerca de la orilla norte del lago, una masa bastante considerable que se movía en su superficie. ¿Ese objeto y ese borboteo que había observado tenían alguna relación entre sí? Era natural que Clifton se lo preguntara. En cuanto al objeto, no había dudas de que no se desplazaba siguiendo la orilla septentrional.