El tio Robinson
El tio Robinson Se comprende que los hermanos Clifton quisieran probar las nuevas armas ese mismo día. Quedaron satisfechos de la altura a la que subían en el aire sus flechas y, ciertamente, una vez que se acostumbraran a usarlos, esos arcos les prestarían grandes servicios, ya fuera como armas defensivas, ya como armas ofensivas. Después de haber experimentado el alcance de los arcos, el señor Clifton quiso conocer su potencia de penetración. Tomaron como blanco el tronco de un almez; lanzaron varias flechas que se implantaron con fuerza en esa madera dura. Una vez terminado el ejercicio, el padre les recomendó a sus hijos no perder sus flechas y, sobre todo, no gastarlas sin necesidad, pues su fabricación exigía mucho tiempo.
La noche llegó; toda la familia entró en el patio cercado que precedía la gruta. Eran alrededor de las ocho y media en el reloj del ingeniero. Este excelente instrumento, dentro de su doble caja de oro, no se había arruinado por su inmersión en el agua de mar, pero había que ponerlo de nuevo en hora, ya que se había detenido durante la enfermedad de Clifton y, para hacerlo, era necesario calcular bien la altura del sol.