El tio Robinson

El tio Robinson

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—Pero —dijo el tío Robinson— ¿por qué no puede venir toda la familia? Los días hermosos de junio empezaron y las noches ya son muy cortas. Pasar una noche en el bosque ¿qué puede hacerle a nadie? ¡Nada! Propongo entonces que vaya todo el mundo. Siempre que no nos demore algún obstáculo, si salimos el lunes por la mañana estaríamos de regreso el martes por la noche. Por otro lado, gran parte de la ruta se hará en bote, y nos cansaremos poco o nada.

No es necesario decir que esta propuesta fue celebrada por todos, grandes y chicos. Los preparativos para la partida comenzaron de inmediato. Carnes y pescados asados, huevos duros y frutas, se apartaron para la gran expedición. Nuevas flechas que el tío había fabricado, bastones endurecidos en el fuego, el hacha de Clifton podrían, llegado el caso, servir tanto para el ataque como para la defensa. En cuanto al tema del fuego, se resolvió de este modo: el pedazo de yesca fue dividido en dos; una mitad, cuidadosamente guardada, debía quedar en la gruta para volver a encender el fuego al regresar. Tenían que llevar consigo la otra mitad para las necesidades del viaje. No vale la pena decir que la búsqueda de una sustancia apta para reemplazar la yesca figuraba en primer lugar en la lista de los futuros descubrimientos de los viajeros.


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