El tio Robinson

El tio Robinson

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Esos valiosos vegetales fueron depositados en la embarcación y el viaje recomenzó. Era verdaderamente una travesía encantadora. Los árboles servían de refugio a una gran cantidad de pájaros. Marc y Robert capturaron en su nido dos o tres parejas de gallináceas con picos largos y finos, de cuellos largos, alas cortas y aparentemente sin cola; eran yuambúes. Se decidió que se conservarían vivos un macho y una hembra para poblar el futuro gallinero. Los jóvenes cazadores mataron también a flechazos algunas especies de trepadoras del tamaño de una paloma, verdes, con una parte de las alas de color carmesí y un copete recto festoneado de un ribete blanco; pájaros encantadores, sobre todo desde el punto de vista comestible: su carne es muy requerida.

Durante uno de esos altos, otro hallazgo importante se produjo gracias al pequeño Jack, aunque al principio le causó pena. El niño había ido a jugar en una especie de claro y se había revolcado en la tierra; cuando volvió, su ropa estaba completamente manchada de una tierra amarilla, lo cual le significó una amonestación de su madre. Jack estaba avergonzado.

—Veamos, señora Clifton —dijo el tío Robinson—, no lo regañe. El niño también tiene que divertirse.

—¡Que se divierta sin rodar por el suelo! —respondió la madre—. ¡Pero uno no se puede divertir sin revolcarse! —replicó el tío.


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