El tio Robinson
El tio Robinson Hacia las once y media fue imposible avanzar más lejos. Faltaba agua para la embarcación. El lecho del rÃo, desprovisto de vegetación, estaba sembrado de piedras negruzcas. El ruido de una caÃda no muy lejana se dejaba oÃr desde hacÃa unos instantes.
En efecto, luego de haber sorteado un ángulo brusco de la costa, el bote se encontró debajo de una cascada. El sitio era encantador. En el medio de árboles resinosos, en el fondo de una garganta pintoresca poblada de rocas musgosas de aspecto muy salvaje, el rÃo se precipitaba desde unos treinta pies. No era considerable el volumen de las aguas que caÃan quebrándose en la punta de las rocas, y eran recibidas en algunos lugares por ollas naturales; cruzaban sus chorros, entrechocaban sus volutas y formaban una cascada maravillosa. La familia se habÃa detenido para contemplar este bello espectáculo.
—¡Oh! ¡Qué hermosa caÃda! —exclamó Jack.
—Padre, padre —dijo Belle a su vez—, ¡acerquémonos!
Pero el deseo de la niña no fue satisfecho. El bote encallaba con cada golpe de remo. Fue necesario recuperar la margen izquierda a unos cincuenta pies de la caÃda. Allà todos desembarcaron y los dos más pequeños empezaron a saltar sobre la playa.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Marc.