El tio Robinson
El tio Robinson —Estos animales —dijo al tÃo—, son evidentemente muchos y poderosos. Me inclinarÃa a pensar que la suerte nos ha arrojado a un continente más que a una isla, a menos que esta isla tuviera un tamaño considerable. Pero yo no conozco ninguna asà en esta parte del PacÃfico donde fuimos abandonados por el Vankouver. SÃ, estamos en un continente y probablemente en una porción de la costa americana comprendida entre los cuarenta y cincuenta grados de latitud septentrional.
—Continuemos nuestro ascenso —respondió el tÃo— y tal vez sabremos a qué atenernos cuando hayamos pasado la zona de los árboles.
—Pero, mi querido amigo —retomó Clifton—, no divisaremos más que un lado de esta tierra, a menos que subamos hasta la cima del pico.
—SerÃa una labor enorme —respondió el tÃo— y, por otro lado, la cima de ese pico puede no ser accesible, pero quizá podamos contornearlo en su base y saber por fin si somos insulares o… ¿cómo lo dirÃa?, continentales.
—¡Y bien, apuremos el paso!
—Si el señor ingeniero me lo permite —dijo el tÃo—, por hoy nos contentaremos con llegar hasta el lÃmite de los árboles. Allà acamparemos por la noche, que se insinúa bella. Yo me encargo de organizar el campamento y mañana, al salir el sol, intentaremos escalar la montaña.