El tio Robinson

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Otro animal de gran tamaño también se dejó ver por un instante entre las rocas basálticas. No pudieron agarrarlo, pero el señor Clifton se mostró muy satisfecho de haber podido constatar su presencia en la región. Era uno de esos grandes borregos tan comunes en las montañas de Córcega, en Creta y en Cerdeña, que forman una especie aparte conocida bajo el nombre de musmón. Clifton lo había identificado fácilmente por sus grandes cuernos curvados hacia atrás y achatados hacia la punta, por su vellón lanudo y grisáceo escondido bajo un pelo largo y sedoso de color leonado. Este hermoso animal permaneció inmóvil largo tiempo cerca del tronco de un árbol caído. Clifton y el tío pudieron acercársele bastante. El musmón los observó sorprendido, como si viera por primera vez unos bípedos humanos; luego, súbitamente, se le despertó el miedo y desapareció detrás de los claros y las rocas, sin que la flecha del tío hubiera podido alcanzarlo.

—¡Adiós! —le gritó el tío con un tono de despecho muy chistoso—. ¡El maldito animal! ¡No son sus piernas, es su vellón lo que lamento! ¡Se lleva con él un gabán, pero ya lo atraparemos!

—Al menos lo intentaremos —replicó Clifton— y si llegamos a domesticar algunas yuntas de estos animales, no nos faltarán los jamones y los gabanes, como dice el tío.


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