El tio Robinson
El tio Robinson El mar inmenso se extendía bajo las miradas de los viajeros hasta los límites del horizonte. Observaban en silencio ese océano que los aprisionaba. Toda comunicación con sus semejantes les estaba vedada. No había que esperar ningún auxilio de seres humanos. Estaban aislados en una costa perdida del Pacífico.
Era, en suma, una isla cuya circunferencia, según estimaba el ingeniero, debía medir entre veinte y veintidós leguas, una isla más grande que la isla Elba y con una superficie como la isla Santa Elena. Esta isla era, por lo tanto, relativamente pequeña, y Clifton no sabía cómo explicarse la presencia de esos grandes animales cuyas huellas había visto sobre un territorio tan reducido; pero su naturaleza volcánica podía explicar muchas cosas. ¿No era posible que esta isla hubiera sido más grande en otros tiempos y que una parte considerable de su suelo hubiera desaparecido bajo el agua? Quizá incluso había estado ligada a un continente ahora muy distante. Clifton se propuso verificar el valor de estas hipótesis cuando diera la vuelta a la isla. Los dos jóvenes, frente a este océano sin límites, habían comprendido la gravedad de su situación; permanecían en silencio.
No querían interrogar a su padre. Éste dio la señal de partida. El descenso se hizo rápidamente. En menos de una media hora se reunían con la señora Clifton, que estaba muy pensativa.