El tio Robinson

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Capítulo 21

Durante la ausencia de los viajeros, la señora Clifton había preparado una comida con los restos de la caza sacrificada la víspera. A las doce y media toda la familia comenzó a bajar las laderas de la montaña. Atravesaron la zona de árboles en línea recta y llegaron a la parte superior del curso del río, es decir arriba de la cascada. Ésta formaba en ese lugar un verdadero rápido y su corriente cubría de espuma las cabezas de las rocas negruzcas. El sitio era extremadamente salvaje. Después de franquear una inextricable masa de árboles, lianas y zarzas, alcanzaron el bote, donde cargaron las provisiones, las plantas, las diversas sustancias recogidas durante la exploración; luego, la embarcación descendió rápidamente por el cauce del río. A las tres de la tarde habían llegado a la desembocadura sobre el lago. Izaron la vela y el bote, después de costear de barlovento, penetró en el curso inferior. A las seis de la tarde la familia estaba de regreso en la gruta. La primera palabra que pronunció el tío fue una exclamación. El recinto cercado mostraba huellas evidentes de destrozos. Habían tratado de forzar el cerco y de arrancar algunas de las estacas, que por suerte habían resistido.

—¡Son esos malditos monos —dijo el tío—, que nos han visitado en nuestra ausencia! Son vecinos peligrosos, señor Clifton, y habrá que precaverse.


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