El tio Robinson
El tio Robinson La jornada habÃa sido tan cansadora que los viajeros debÃan tener una necesidad irresistible de dormir. Se acostaron sobre sus lechos. Como no habÃan vuelto a encender el fuego nadie tuvo que velar durante la noche, que asà transcurrió apacible. Al dÃa siguiente, miércoles 2 de junio, el tÃo Robinson y el ingeniero fueron los primeros en despertarse.
—¡Buen dÃa, señor Clifton! —dijo el tÃo con tono jovial.
—¡Y bien, mi noble amigo! —respondió el ingeniero—, hay que decidir de una vez por todas. Puesto que somos isleños, actuemos como isleños y organicemos nuestra existencia como si hubiera que pasarla siempre aquÃ.
—Bien dicho, señor Clifton —replicó el tÃo con voz segura—. ¡Insisto en que aquà estaremos muy bien! ¡Haremos un paraÃso de nuestra isla! Digo nuestra porque es perfectamente nuestra. Por otro lado, fÃjese que si no tenemos nada que esperar de los hombres, tampoco tenemos nada de qué temerles. Eso hay que tenerlo en cuenta. ¿La señora Clifton se ha resignado a su nueva situación?
—SÃ, TÃo, es una mujer valiente y su confianza en Dios no va a debilitarse.
—No nos abandonará —dijo el tÃo—. Me parece, además, que sus hijos están encantados de estar aquÃ.