El tio Robinson
El tio Robinson —Entonces, tÃo Robinson, ¿usted no lamenta nada? —Nada, o mejor dicho sÃ, una sola cosa—. ¿Cuál?
—¿Tengo que decirlo?
—SÃ, TÃo.
—Pues bien, el tabaco. SÃ, el tabaco. ¡DarÃa una de mis orejas por fumarme una pipa!
Clifton no pudo impedir una sonrisa al escucharlo expresar su reclamo. Como no era fumador, no podÃa entender esa imperiosa necesidad creada por el hábito. No obstante, tomó debida nota del deseo del tÃo Robinson, pensando que alguna vez habrÃa de satisfacerlo.