El tio Robinson

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La señora Clifton había reclamado que hicieran un gallinero. Su marido consideró que era prioritario comenzar por ahí su instalación en la isla. Cerca del espacio cercado, sobre la derecha, se formó otro recinto de unos cien metros cuadrados de superficie. Esos dos espacios se comunicaban por una puerta interna. En dos días terminaron el cercado. Dos cabañitas de ramas, divididas en compartimientos, sólo esperaban sus huéspedes. Los primeros fueron el par de yuambúes que habían sido capturados vivos en la excursión anterior y a los que la señora Clifton les había cortado las alas. Su domesticación sería muy fácil. Les dieron por compañía algunos de esos patos que frecuentaban el borde del lago, y que tuvieron que conformarse con el agua contenida en los recipientes de bambú que se renovaba todos los días. Esos patos pertenecían a una especie china que abren sus alas en abanico y que, por el color brillante e intenso de su plumaje, rivalizan con los faisanes dorados.

Durante el fin de semana, la caza se organizó con el objetivo de poblar el gallinero. Los niños se hicieron de dos parejas de gallináceas con la cola larga y redondeada y plumas largas, que podrían confundirse con pavos; eran guacos que no tardaron en domesticarse. Todo ese pequeño mundo, después de algunas disputas, terminó por llevarse bien y de pronto se incrementó en una proporción tranquilizadora.


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