El tio Robinson
El tio Robinson Clifton quiso completar su obra y construyó un palomar en una parte disgregable de la roca. Allí alojaron una docena de zuritas cuyos huevos habían sido el primer alimento de la familia. Esas palomas se acostumbraron a entrar todas las noche en su nueva morada. Parecían tener una mayor propensión a domesticarse que las torcazas, sus congéneres, que, por otro lado, sólo se reproducen en estado salvaje. Toda esa colonia arrullaba, cloqueaba o piaba fuerte a su antojo y daba placer escucharla.
En la primera quincena de julio, el tío Robinson hizo prodigios en el arte de la cerámica. Como se recuerda, habían transportado en el bote cierta cantidad de arcilla apropiada para fabricar cacharros toscos. Sin torno, el tío tuvo que conformarse con fabricarlos a mano. Eran un poco bastos, medio contrahechos, pero eran cacharros. Durante la cocción de estos utensilios, no sabiendo todavía como regular el fuego, rompió varios, pero felizmente la arcilla sobraba y después de varios intentos infructuosos, pudo ofrecer a la dueña de casa una media docena de cazuelas y vasijas que le fueron muy útiles. Había, entre otras, una olla enorme, digna del nombre de marmita.