El tio Robinson
El tio Robinson En ese momento, un frufrú de alas se dejó oír en un monte cercano. Robert se adelantó de inmediato, pero Fido lo había precedido y ya se escuchaban sus gruñidos.
—¡Quieto, Fido, quieto! —exclamó Robert.
Pero esta recomendación sin duda no habría sido escuchada si Robert no hubiera llegado enseguida. La víctima de Fido era un magnífico gallo salvaje que el muchacho todavía pudo salvar vivo. Clifton no podía equivocarse sobre el origen de esta gallinácea. Pertenecía evidentemente a la raza doméstica y a esa variedad llamada Bantam; las plumas de su tarso le forman una especie de puño. La conformación particular de este animal provocó esta observación de Robert:
—¡Miren, tiene un cuerno en la cabeza!
—¿Un cuerno? —exclamó el señor Clifton examinando el animal.
—En efecto —agregó el tío—, un cuerno, y bien implantado en la base de la cresta[53]. Este gallo sería temible en una riña. ¡Y bien, señor Clifton, yo que creía haber visto todo, nunca había visto gallos con cuernos!
Harry Clifton no respondía. Observaba atentamente el pájaro con una mirada especial y se limitó a decir:
—Sí, se trata efectivamente de un gallo Bantam.