El tio Robinson
El tio Robinson —Muy bien —respondió entonces el tÃo—, y puesto que asà son las cosas, no veo por qué este orangután no serÃa admitido como sirviente en nuestra colonia. Parece ser joven, su educación será fácil y ciertamente se apegará a unos amos bondadosos con él.
Harry Clifton reflexionó unos instantes, se volvió hacia el tÃo y le dijo:
—¿Lo dice en serio? ¿Realmente piensa adoptar este animal?
—Muy en serio, señor. Verá usted que no tendremos necesidad de emplear la fuerza para domesticarlo ni de arrancarle los caninos como suele hacerse en parecidas circunstancias. Este orangután es vigoroso y puede convertirse en una preciosa ayuda para nosotros.
—Bueno, entonces intentémoslo —respondió Clifton—, más tarde, si su presencia se vuelve demasiado molesta veremos cómo sacárnoslo de encima.
Estuvieron de acuerdo, y Clifton hizo entrar a sus hijos en la gruta; luego el tÃo y él salieron fuera del espacio empalizado.
El orangután habÃa vuelto cerca del árbol; dejó que sus futuros amos vinieran hacia él y los miró balanceando suavemente la cabeza. El tÃo habÃa tomado unas almendras de coco y se las ofreció al mono. Éste se las llevó a la boca y las comió con una evidente satisfacción. TenÃa ciertamente una linda cara.