El tio Robinson

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—A fe mía, señora —continuó el tío—, hay monos muy buenos. Éste, por ejemplo, sería un excelente criado. A menos que me equivoque demasiado, creo que tiene la intención de colocarse en nuestra casa. Sólo que será difícil pedir sus antecedentes para tomarlo.

El tío, riéndose, no exageraba de ninguna manera. La inteligencia de estos antropomorfos es verdaderamente notable. Su ángulo facial es muy inferior al de los australianos o los hotentotes. Además, el orangután no tiene la ferocidad del babuino, ni los arranques del macaco, es más limpio que el zagüí, no se impacienta como el chimpancé, no tiene los instintos violentos del cinocéfalo, ni el mal carácter del llamado «mona». Harry Clifton sabía mucho sobre estos ingeniosos animales y citó varios ejemplos que denotaban en estos individuos una inteligencia casi humana. Les contó a sus hijos que los orangutanes sabían encender el fuego y servirse de él. Varios tipos de monos habían sido empleados en las casas; servían la mesa, limpiaban los cuartos, se ocupaban de la ropa, sacaban agua, lustraban los zapatos, manejaban hábilmente el cuchillo, la cuchara, el tenedor, comían todo tipo de comida, bebían vino y licores, etcétera. Buffon tenía uno de esos monos que le sirvió mucho tiempo como un fiel y celoso doméstico.


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