El tio Robinson
El tio Robinson Durante la cena Clifton contó a su mujer y a sus hijos las diversas peripecias que habÃan sucedido en la excursión, y se pusieron de acuerdo en que dejarÃan para el dÃa siguiente la solución del problema. Todos se levantaron temprano. Los niños fueron de inmediato a mirar a través de los intersticios de la empalizada. Sus exclamaciones atrajeron a Clifton y al tÃo Robinson.
El orangután seguÃa allÃ. Ora apoyado contra un tronco de árbol con los brazos cruzados, examinaba, por asà decirlo, el espacio cercado. Ora avanzaba contra la puerta, la sacudÃa con mano vigorosa y, al no poder abrirla, regresaba a su puesto de observación.
La familia entera lo examinaba detrás de las estacas.
—¡Qué hermoso mono! —exclamó Jack.
—Sà —asintió Belle—, qué linda cara tiene. Ya no hace demasiadas muecas, no le tendré más miedo.
—Pero ¿qué vamos a hacer? —preguntó la señora Clifton—. No puede estar todo del dÃa de plantón frente a la puerta.
—¿Y si lo adoptáramos? —dijo el tÃo.
—¿Le parece, amigo mÃo? —preguntó la señora Clifton.