El tio Robinson

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—¡Magnífica costa!, ¡magnífica costa! —murmuraba Flip¡hermosas rocas! ¡Con esas piedras, señora, la naturaleza hace grutas! ¡Cómo estaremos de bien una vez instalados en una caverna, con un buen fuego de leña y un buen musgo para acostarnos!

—Pero ¿llegaremos a la costa? —preguntó la señora Clifton arrojando una mirada de desesperación a ese mar furioso que rugía a su alrededor.

—¡Cómo! ¿Si llegaremos? —respondió Flip esquivando hábilmente una enorme ola—. ¡Observe la rapidez con que marchamos! Pronto tendremos viento en popa y en poco tiempo habremos encallado al pie de esos acantilados. Podría afirmar que allí encontraremos un pequeño puerto natural para estacionar nuestro bote. ¡Ah! ¡Qué embarcación maravillosa! ¡Se eleva con la ola como si fuera una gaviota!

Flip no había terminado de decir estas palabras cuando el terrible choque de una ola inmensa cubrió el bote y lo llenó en sus tres cuartas partes. La señora Clifton pegó un grito. Sus dos hijos menores se despertaron súbitamente y se apretaron contra ella. Los dos más grandes, bien agarrados al banco, resistieron el asalto de la ola. Flip, con un golpe de timón consiguió poner a flote su embarcación gritando:

—¡Pronto, señor Marc, pronto, señor Robert, achiquen[16], achiquen! ¡El bote! ¡Vacíen el bote!


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