El tio Robinson

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Y les arrojó su sombrero de cuero curtido que bien podía servir de achicador. Marc y Robert se pusieron a la obra y, con la ayuda del sombrero, vaciaron rápidamente la embarcación.

Flip los estimulaba con el gesto y con la voz:

—¡Bien! ¡Mis queridos muchachos! ¡Muy bien! ¡Eh! ¡Qué invento estos sombreros! Verdaderas marmitas. ¡Se podría cocinar la sopa en ellos!

El bote, aliviado, brincaba de nuevo sobre la cresta de las olas que corrían con él, porque el viento había girado decididamente hacia el oeste. Pero era tan violento que Flip tuvo que amainar casi completamente su vela y amurarla[17] por el extremo de la verga. La embarcación sólo presentaba un triángulo de vela muy reducido pero que bastaba para levantarla sobre el oleaje.

La costa, por otro lado, parecía acercarse velozmente y todos sus detalles se destacaban con nitidez.

—¡Qué buen viento!, ¡qué buen viento! —exclamaba Flip, cuidando no dejarse encapillar[18]—. ¡Cuántas vueltas ha dado a propósito! ¡Quizás con demasiada fuerza! ¡Pero no hay que culparlo por eso!

A las cuatro y media la costa no estaba más que a una milla y el bote se precipitaba hacia ella; por momentos parecía que ya iba a alcanzarla, efecto que producen invariablemente las tierras altas que parecen dominar la costa.


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