El tio Robinson

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Enseguida Marc, que estaba parado adelante, señaló hacia unas cabezas negruzcas que emergían en medio de la resaca y que parecían escollos. Muy agitado y completamente blanco, el mar borboteaba. El peligro era extremo; si el bote llegaba a rozar apenas esas rocas se haría pedazos.

Flip se había levantado. Con la caña del timón entre las piernas y apoyándose firmemente en ellas, piloteaba el bote. Trataba de abrirse paso en medio de las olas cargadas de espuma, y si bien a cada instante temía chocar con los escollos, aparentaba no tener miedo. ¡Por el contrario!

—¡Qué gran invento estas rocas! —decía.

—¡Ni que fueran boyas para balizar un canal! ¡Pasaremos, pasaremos!

El bote se deslizaba entre los arrecifes a una velocidad impresionante; el viento que soplaba hacia tierra lo empujaba directo a la costa. Flip avanzaba al ras de esas rocas cubiertas de espuma y no las chocaba; pasaba sin tocar fondo por encima de las manchas negruzcas. Su instinto de marino lo guiaba para sortear todos los peligros, ese maravilloso instinto que es superior incluso a la ciencia náutica.

Flip hizo señas a los dos muchachos de amainar completamente la vela. Ellos la comprimieron y la enroscaron alrededor de la verga. La embarcación, empujada por el viento, marchaba ahora a una enorme velocidad.


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