El tio Robinson
El tio Robinson Quedaba la cuestión de cómo recalarían, lo que no dejaba de preocupar a Flip. No se veía ningún hueco en esos altos acantilados, compactos como el muro de una fortificación. Encallar en su base, con el mar alto, era impracticable. Aunque apenas doscientas brazas separaban el bote de la costa, era urgente estar prevenidos y, si no llegaban a recalar, prepararse para prolongar la permanencia en la ribera.
La inquietud de Flip crecía. Con el ceño fruncido miraba esa tierra inabordable y mascullaba entre dientes palabras ininteligibles. Había girado el timón modificando levemente la marcha del bote, e iba al sesgo en lugar de ir directo a la costa. Pero en esa situación, el bote, con el viento de través, se inundaba por los golpes de mar. Marc y Robert no paraban de achicar el agua con el sombrero.
Flip se había levantado nuevamente de su banco. Trataba de descubrir cualquier hueco, una hendidura en esos acantilados, o al menos un pedacito de playa donde encallar. La marea estaba alta, y era de esperar que dejaría arena seca al retirarse. Pero nada por el momento: el muro se erguía allí, increíblemente alto y compacto.