El tio Robinson
El tio Robinson El aspecto de la costa no era prometedor. La tierra parecÃa árida y salvaje. Ningún árbol, nada verde en el fondo que alegrara las lÃneas ásperas. ParecÃa estar hecha de altos acantilados de granito, al pie de los cuales se rompÃa con estruendo la resaca. Las grandes rocas, ampliamente recortadas, eran ciertamente inaccesibles. Flip se preguntaba cómo podÃa una embarcación recalar en esa ribera, tan cerrada que no se veÃa la menor brecha en esa cortina[14] de granito, un peñasco, muy alto, que avanzaba una milla hacia el sur y ocultaba la tierra situada en segundo plano. TodavÃa, por lo tanto, no era posible pronunciarse sobre la cuestión de saber si era un continente o una isla. A lo lejos se erguÃa una montaña que terminaba en un pico agudo coronado de nieve. Por el aspecto de estas rocas negruzcas y convulsionadas, de los regueros oscuros que veteaban la montaña, un geólogo habrÃa asignado a esta tierra un origen volcánico; lo habrÃa reconocido como el producto de un trabajo plutoniano[15]. Pero ésa no era por el momento la preocupación de Flip. Él sólo buscaba en medio de ese muro gigantesco un asidero, una abertura, un agujero cualquiera para encallar allà su bote.
La señora Clifton habÃa levantado la cabeza y miraba esa tierra ingrata. No podÃa escapársele su aspecto salvaje y, dirigiéndose a Flip, evidentemente lo interrogaba con la mirada.