El tio Robinson
El tio Robinson —Si al menos —retomaba, ya que no tenemos ni casa ni gruta, estuviéramos a bordo de una chalupa bien sólida, con una buena cubierta, capaz de soportar el choque de la ola, no tendrÃamos de qué quejamos. ¡Pero no! ¡Sólo unas frágiles planchas! Mientras se mantengan en su armazón, no hay nada que temer. ¡Pero, el viento arrecia y no hay razón para mantener la vela desplegada!
En efecto, era urgente apocar la vela. El bote se acostaba y amenazaba con inundarse. Flip lo puso de cabeza al viento, largó la driza y ayudado por los dos muchachos acortó la vela hasta el rizo de abajo. La embarcación, con menos apoyo, se comportó mejor.
—¡Muy bien, mis queridos muchachos! —exclamó Flip.
—¡Qué buen invento estos rizos! ¡Vean cómo avanzamos! Me pregunto: ¿qué más podemos desear?
La costa, entretanto, se acercaba. Los pájaros de tierra jugaban en las ráfagas de viento. Golondrinas, gaviotas, meaucas[13], se arremolinaban alrededor del bote dando gritos agudos. De pronto venÃa una ráfaga que las llevaba lejos.