El tio Robinson

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En ese momento, una ola fuerte, tomando la embarcación perpendicularmente a la quilla, la zarandeó rudamente, cubriéndola de una capa líquida. Marc, de pie en la parte delantera, recibió el golpe del agua y sacudió su cabeza como un perro mojado.

—¡Bien, señor Marc, muy bien, señor Marc! ¡No es más que un poco de agua, buena agua de mar, bien salada! ¡No puede hacerle mal!

Después, aflojando su escota, el hábil marino dejó ir un poco el bote con el viento para evitar el choque de la ola. Retomó entonces su monólogo, hablándose a sí mismo, como solía hacerlo, y dejó aflorar sus graves conjeturas:

—¡Si al menos estuviéramos en tierra —se dijo—, en esa tierra desierta, en lugar de estar en esta cáscara de nuez luchando contra las olas, si nos pudiéramos guarecer en una buena gruta, todo sería sin duda diferente! Pero ¡no es así! ¡No estamos allí! ¡Estamos en este mar que sólo muestra su mal carácter y más vale soportar lo que no se puede impedir!

El viento soplaba cada vez con más violencia. Se veían venir desde lejos las ráfagas que blanqueaban la superficie del océano, un vapor líquido corría por encima de las enormes ondulaciones. El bote se inclinaba de un modo inquietante, el buen marino fruncía el entrecejo.


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