El tio Robinson

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Pero Flip estaba allí y más de una vez la señora Clifton había apretado la mano de ese buen hombre. Se decía que el cielo no la abandonaba del todo puesto que ese compañero fiel, ese humilde amigo estaba cerca de ella.

Durante la travesía, a bordo del Vankouver, Flip siempre había demostrado a sus hijos una gran simpatía, y muchas veces hasta había encontrado placer enjugar con ellos. ¡Sí! La infortunada se decía todo eso, pero la desesperación la ganaba y, después de considerar una vez más la inmensa y solitaria extensión, el llanto se escapó de sus ojos y los sollozos de su pecho; con la cabeza inclinada sobre sus manos, permaneció inerte, inconsciente, aniquilada.

A las tres de la tarde, la tierra que se distinguía estaba a menos de cinco millas de barlovento. Las nubes se elevaban rápidamente. El sol, que descendía hacia el Oeste, las hacía aparecer todavía más negras, y el mar que en partes resplandecía contrastaba con el aspecto sombrío del cielo. Todos esos síntomas eran inquietantes.

—Ciertamente —murmuraba Flip—, ciertamente, todo está mal. ¡Si tuviéramos la opción de elegir algo mejor! Entre una casa bien abrigada, con una buena chimenea, y este bote, no habría dudas. ¡Pero no tenemos elección!


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