El tio Robinson
El tio Robinson Se sabe cómo sucedieron las cosas. El digno Flip, dando ánimos a su gente menuda, les habló con esa imperturbable confianza que le era natural, calmó a la madre, sonrió a los niños, sin dejar de vigilar los menores desajustes de la embarcación. Y sin embargo, fruncía el ceño, sus labios se contraían y un terror involuntario lo agitaba cuando veía ese bote frágil, todavía a ocho o diez millas lejos de la costa, con el mal viento y las enormes nubes que se cernían en el horizonte. ¡Y se decía con razón que si no aprovechaba la marea para llegar a tierra estaba perdido!
Después de haber reclamado por su padre ausente, la niña se había vuelto a dormir en brazos de su madre; su hermano también dormitaba. Los dos mayores se dedicaban activamente a maniobrar con los frecuentes virajes que repercutían a bordo. La atribulada señora Clifton pensaba en su marido, lejos de ella, librado a los excesos de la tripulación sublevada, y cuando con los ojos llenos de lágrimas observaba a sus hijos, ¡en qué podía pensar sino en el destino terrible que los esperaba en esa costa desconocida, quizás desierta o quizás habitada por una raza cruel! Y sin embargo había que llegar allí si no querían perecer. A pesar de su fuerza moral se dejaba abatir por el dolor, sin poder dominarlo, ¡ella que habría querido dar un ejemplo de resignación y coraje! Y a cada instante el nombre de Harry se escapaba de sus labios.